Mi jefe me sostuvo la mirada y escupió: “Eres una inútil. Estás despedida”. Toda la oficina quedó en shock, pero yo solo sonreí con tranquilidad. Él jamás sospechó que el 90% de las acciones de la compañía estaban en mis manos. Entonces me levanté y dije en voz baja: “Claro, despídeme”. La verdadera bomba explotaría en la próxima reunión de accionistas… y nadie iba a olvidarlo.
Cuando Julián Aranda me llamó a su despacho a las nueve y doce de la mañana, supe que no iba a felicitarme por el cierre del contrato con la cadena…









